Un día cualquiera, sin importar la hora, te dispones a comenzar un nuevo día. Un día que será el mismo que el anterior. Te despiertas, desayunas, te vistes, coges las llaves del coche y sales a la calle. Un sonido te hace recordar que de nuevo tienes que ir al trabajo y ver las mismas caras de siempre. Abres la puerta, arrancas y marchas en la misma dirección que todos los días. A los cinco minutos, te paras debido a un semáforo. En ese momento escuchas la radio para intentar evadirte, aunque sea por poco tiempo, de que tienes que volver.
Un fuerte dolor penetra en tu cuello, tu mente no conecta con las extremidades de tu cuerpo. Intentas frenar, pero no te hace caso. Sientes que tus brazos no pueden controlar el volante, que tu cuerpo se echa hacia adelante. Escuchas ruido, cristales rotos, un fuerte golpe y duermes.
Tus ojos abren con dificultad, no distingues entre la realidad y el sueño. No distingues colores, ni tampoco personas, ni siquiera objetos. La primera pregunta que te haces se contesta con facilidad a los pocos segundos. Intentas mirarte pero tan sólo escuchas los latidos de tu corazón. Tus piernas no mueven, tu cuerpo no se entiende. En una mano sientes calor. Giras hacia ella y ves que no estás solo, que alguien te acaricia. Un bulto aparece sobre tu campo de visión y ahí está. Sonriéndote, dándote los buenos días de nuevo.
Sin poder decir nada, ves como una sonrisa indaga su rostro. Como su mirada desprende felicidad y admiración. De nuevo ves a esa persona a tu lado. De nuevo un calor externo sientes en tu cara. Un beso, un beso que después de todo, será el último para volver a soñar.
Se despide con un pequeño anhelo,
Freinett

No hay comentarios:
Publicar un comentario